martes, 16 de noviembre de 2010

Y llegaron a viejos...


El tiempo ese factor tan relativo según lo explicó Einstein, pero tan cierto, tan real, tan concreto en nuestras vidas. Intocable, inmaterial, pero siempre corriendo en nuestras vidas, en constante movimiento inalterable, queremos, vaya si queremos! muchas veces detenerlo, que se quede allí, petrificado, inamovible, siempre en presente para ese momento de nuestra existencia que adoramos. Pero no, se empecina en continuar impasiblemente su andar y con ello, atrapa nuestros sueños, nuestros proyectos, nuestras quimeras y en su parsimonioso a veces, apuradísmo otras movimiento, a algunos los concreta y a otros los deja en el camino.
 El tiempo, el que no hay que perder, el que no hay que dejar pasar sin haberlo vivido, si es posible intensamente, el que nos obliga a veces a atesorar momentos imborrables porque sabemos que él seguirá su camino imperturbable y jamás se detendrá y dejará huellas tras su paso, a veces los mejores recuerdos de nuestra vida, pero sólo recuerdos, nada más.
 Lo peor del tiempo es eso, su eterno caminar dejando huellas, modificándolo todo y casi siempre, para al final... perderlo todo. Nuestro cuerpo es un claro ejemplo de ese fastidioso don del tiempo, cómo resquebraja, cómo deteriora, cómo envejece, cómo todo lo transforma para afearlo, para borrar las antiguas bellezas y transformarlas en muecas, el tiempo ese eterno traidor que nos regala flores y nos las quita luego reemplazándolas por frutos tan maduros que se deshacen al tocar, pútridos, pestilentes y como tales, rechazados, alienados, alejados del mundo y de la gente, porque la gente del mundo es joven, porque lo que nos muestran los medios de comunicación social es que la gente que puebla el mundo es toda joven, casi ni siquiera pareciera haber niños, sólo jóvenes... que un día ... cuando el tiempo pase, en su continuo y eterno correr también se llevará a esa juventud, que aún no lo sabe, que aún no lo imagina, que aún no lo piensa y casi no lo cree, que el tiempo... pasó... y se volvieron... viejos....

La obra pictórica pertenece a Salvador Dalí y se llama Persistencia de la memoria.

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