
Qué hermosos recuerdos me trae ponerme a pensar en los sonidos, las voces que escuchaba de niña y que ahora quiero contar aquí. Pensando en eso, vino a mi memoria un sonido dulce que acompañó toda mi niñez.
Mis abuelos vivían en Pompeya, muy cerca del Puente alsina y del Riachuelo, allí tenían una antigua casa chorizo con dos pisos. Abajo estaba la sala la cocina y el baño y arriba los dos dormitorios a los que se accedía por una escalera de madera pero de aquellas que había que tomarse de la misma para subir, no tenía pasamanos. LLegando arriba las dos habitaciones convergían a un gran balcón desde el cual podíamos ver el Riachuelo. La casa no era muy grande en cuanto a edificación pero sí en cuanto a terreno. Tenía un amplísimo patio donde crrecían hileras de eucaliptus muy altos. Recuerdo bien que muchas noches de verano eran los escondites de nuestro juego de escondidas.
Como el terreno era tan amplio le dio lugar a mi abuelito para armar un gran gallinero, a mí me encantaba entrar y sacar los huevitos recién puestos por las gallinas, esa tarea la hacíamos con mi abuelita, también le poníamos comida y agua a las gallinas. Al costado del gallinero había una piletita que mi abuelito le había hecho a los patos, que también convivían en el gallinero y lo más lindo de todo y el sonido que tanto recuerdo ahora, es el de las palomas. Porque mi abuelito había construído un alto palomar que se encontraba en el centro del gallinero y las veces que yo me quedaba a dormir en lo de mis abuelos escuchaba ese dulce arrullo de las palomas, al dormirse temprano y luego en las mañanas eran ellas con su ru ru que me despertaban, generalmente me quedaba un viernes o un sábado por lo tanto no tenía apuro por ir a la escuela pero recuerdo bien que me quedaba despierta largos ratos escuchando esas sonidos que quedaron grabados en mis recuerdos infantiles como una de las más dulces voces del tiempo.