
Uno de los recuerdos más entrañables que tengo de mi infancia son las voces que se dispersaban a lo largo y a lo ancho del enorme patio de mis abuelitos en el barrio de Pompeya en Buenos Aires cuando era chica. Y especialmente dentro de esas voces destaco claramente la de mi abuelito cuando cantaba y tocaba la guitarra y la de mi abuelita llamando a comer. Eran dos seres tan amados. Mi abuelita era una mujer dulcísima, siempre atenta a los requerimientos de todos sus nietos que fuimos muchos y en general a toda su familia.
Ahora que llegan las fiestas de navidad y año nuevo me pasa lo mismo todos los años, recuerdo las grandes reuniones con mis abuelitos y todos mis tíos, tías y primos. La pasábamos genial. Eran realmente verdaderas fiestas familiares y no siempre había regalos, pero siempre recordábamos el nacimiento de Jesús en Navidad e íbamos a la misa del gallo como se le llamaba a la misa de Nochebuena, luego sí, veníamos a comer y nosotros los chicos a jugar hasta caer dormidos de madrugada.
Al otro día volvíamos todos a la casa de los abuelitos a continuar el festejo. Ese tiempo es inolvidable para mí y le agradezco a Dios haberme permitido tener una familia como la que tuve en mi infancia, ya que llegaría tan sola a la madurez, pero los recuerdos de esos años reconfortan mi espíritu y me hacen pensar que mi vida también tuvo hermosos momentos que guardo con todo amor en mi memoria. Gracias abuelitos, seguro están junto a Jesús y desde allá me miran y me cuidan, sepan que su nieta mayor los sigue amando y los recuerda con inmensa ternura.
Ahora que llegan las fiestas de navidad y año nuevo me pasa lo mismo todos los años, recuerdo las grandes reuniones con mis abuelitos y todos mis tíos, tías y primos. La pasábamos genial. Eran realmente verdaderas fiestas familiares y no siempre había regalos, pero siempre recordábamos el nacimiento de Jesús en Navidad e íbamos a la misa del gallo como se le llamaba a la misa de Nochebuena, luego sí, veníamos a comer y nosotros los chicos a jugar hasta caer dormidos de madrugada.
Al otro día volvíamos todos a la casa de los abuelitos a continuar el festejo. Ese tiempo es inolvidable para mí y le agradezco a Dios haberme permitido tener una familia como la que tuve en mi infancia, ya que llegaría tan sola a la madurez, pero los recuerdos de esos años reconfortan mi espíritu y me hacen pensar que mi vida también tuvo hermosos momentos que guardo con todo amor en mi memoria. Gracias abuelitos, seguro están junto a Jesús y desde allá me miran y me cuidan, sepan que su nieta mayor los sigue amando y los recuerda con inmensa ternura.
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